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Si algo debe preocupar a los líderes políticos del país es el desgaste de la democracia, que venimos observando desde hace varios años en todas las mediciones cualitativas y cuantitativas. Es una verdadera crisis que amenaza la estabilidad de los sistemas políticos de varios países, especialmente en América Latina y El Caribe, región donde hoy observamos muchos regímenes sujetos a la demagogia y el populismo que retrasan la agenda de fortalecimiento de las instituciones de la democracia.

El simple hecho de que un país tenga elecciones cada cierto tiempo y que a las mismas se presente una pluralidad de participantes, no significa que la sociedad sea democrática o que el mandato delegado esté dotado de la legitimidad necesaria. La democracia es mucho más que un conjunto de procesos electorales. Es un ecosistema de instituciones, recursos y personas que construyen una cultura que permea todos los ámbitos de la vida en sociedad, garantizando que se trabaje siempre por el bienestar de la colectividad y no del individuo.

Preocupa, entonces, el hecho de que la agenda política en toda la región no ha centrado su atención en las reformas y las acciones que se requieren para fortalecer la democracia y devolverle a sus instituciones el prestigio y la credibilidad que demandan los ciudadanos. Cuando observamos las crisis por la que hoy pasan varios países de la región, en retrospectiva, queda claro el deterioro exhibido por los indicadores de la democracia, que al no ser atendidos oportunamente, resultaron en sucesivas situaciones de tensión que desembocaron en grandes crisis.

A pesar de que la evidencia presenta con claridad esa realidad, ni los Gobiernos ni los organismos regionales han diseñado e implementado una agenda de fortalecimiento de los cimientos de la democracia en América Latina y El Caribe, que resulta fundamental para evitar muchas de las situaciones de inestabilidad que suceden en la región. Es cierto que el modelo que ha primado en la región en los últimos 30 años está agotado y que los cambios generacionales traen consigo nuevos compromisos y el reflejo de valores distintos a los de antes, que no quiere decir que sean mejores o peores.

Pero a la hora de contribuir con el desarrollo de la democracia tenemos que pensar en ampliar los espacios de participación, fortalecer las instituciones que cuidan de los valores democráticos, promover una cultura de convivencia y diálogo entre los ciudadanos, propiciar la gobernabilidad democrática y construir sociedades basadas en el imperio de la Ley. Estos objetivos no varían porque son universales y superan toda prueba del tiempo. No hay cambio generacional ni tecnológico ni social que pueda cambiar los cimientos de la democracia, que al final de cuentas son los que tenemos que fortalecer.

Al costo que sea, tenemos que trabajar para detener el desgaste de la democracia, fortaleciendo a los actores políticos desde la pluralidad y la diversidad que caracteriza a las sociedades modernas. Posponer este debate tendrá un resultado muy costoso para las futuras generaciones, es ahora cuando hay que comenzar a recorrer el camino del fortalecimiento democrático.



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