Mahuchikh, tras ganar la competición de salto de altura.ROBERT GHEMENT (EFE)

“Como los militares en el campo de batalla así yo en la pista defiendo a mi país, Ucrania, y lo represento”, dice desde el centro de la pista Yaroslava Mahuchikh, campeona del mundo de amarillo brillante y azul vestida y amarillo y azul brillante de su bandera sobre los hombros, y un ramo de flores en la mano que le entrega desde las gradas un espectador vestido con la camiseta del Getafe de fútbol, la primera recompensa, el primer homenaje, por su victoria, sus 2,02m, en la final de salto de altura en los Mundiales de atletismo en pista cubierta que se están celebrando en Belgrado. Los abrazos de sus rivales, solidarias y emocionadas, y el jaleo de la familia global del atletismo, los recibió después, y la medalla y el podio y el himno llegaron a las seis de la tarde, cinco horas después.

Tiene 20 años y 181 días, y ya contaba con una medalla de plata en el Mundial de Doha, donde maravilló, una niña con trencitas como bordadas en su cabeza, como una hada ligera, ligera, 18 años recién cumplidos y unas piernas infinitas, y una de bronce en los Juegos de Tokio, y en ambas ocasiones la campeona fue la mejor saltadora del momento, la rusa Mariya Lasitskene, que se ha quedado en Moscú porque la federación internacional ha prohibido competir a los atletas rusos y bielorrusos.

Mahuchikh, el pelo cogido en dos coletas con gomas, cuenta cómo llegó a Belgrado, tan fría para sus anhelos, y su relato habla de dureza mental, un recordatorio de que la generación Z tampoco es tan frágil y quejica como dicen. “El 24 de febrero me despertó a las 4.30 de la mañana el ruido de bombas y explosiones. Comprendí que había comenzado la guerra, que Rusia nos bombardeaba. Me levanté, hice rápidamente las maletas y con mi marido huimos de Dnipro, mi ciudad”, cuenta la campeona, una mujer con una misión, y la cumple. “Estuvimos unos días en un sótano sin saber qué hacer porque pensábamos que la invasión duraría poco. Pero en la federación me dijeron que me fuera de Ucrania, que mi único objetivo, mi obligación, debía ser llegar a Belgrado, competir en el Mundial y ganar. Fue un viaje de 2.000 kilómetros y más de tres días con miles de llamadas telefónicas, cambios de rumbo y de carreteras entre explosiones, sirenas, incendios. Solo gracias a la federación internacional de atletismo, a la serbia y a la rumana pude llegar a Belgrado, donde apenas he logrado dormir y ni siquiera entrenarme. Me es imposible mantener la concentración. Solo gracias al cielo mis padres lograron hacerme llegar las zapatillas de clavos y un par de leggings…”

Esa dureza que contradicen sus rasgos, su fragilidad aparente, su facilidad para elevarse, la subraya en sus redes, denunciando el silencio de los medios rusos, su ocultamiento de los bombardeos de las ciudades mártires de Ucrania, Mariúpol, Leópolis… y la refuerza aún más con su capacidad competitiva, su frialdad, su manera de imponerse a unas rivales, la australiana Eleanor Patterson (2,00m, nuevo récord indoor de Oceanía) y la kazaja Nadezhda Dubovitskaya (1,98m, nuevo récord de Asia en pista cubierta) que la forzaron a llegar a los 2,02m, la mejor marca mundial del año. “Mi entrenadora me dijo que debía olvidarme de la guerra, que debía concentrarme solo en el salto de altura, que esa era mi forma de combatir por mi país”, dice, y la bandera ucrania sigue sobre sus hombros horas después de su victoria. “Y fue difícil hacerlo, concentrarme solo en el salto, pero…”

El público serbio, y la mayoría recuerdan vivamente la guerra civil reciente en su país, la disgregación sangrienta de Yugoslavia, que los marcó, asiste frío a los eventos y solo suspira fuerte cuando salta una montenegrina y se emociona más aún, mucho más, con los pinitos de Angelina Topic, hija del gran Dragutin Topic, el legendario yugoslavo que saltaba con los brazos como Fosbury y superó los 2,38m. Angelina es una niña de 16 años que se queda en 1,88m y que, seguramente, sueña con ser como Yaroslava Mahuchikh. Y todos querrían ser como ella.

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