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Jueves, 1 de septiembre

Mr. Thoreau cenó ayer con nosotros. Es un personaje curioso: un joven en el que aún prevalece mucho de la primigenia naturaleza salvaje, y, por más sofisticado que sea, lo es según un modo y un método propios. Es tan feo como el pecado, de nariz alargada, boca extraña, y muestra maneras toscas y un tanto rústicas, aunque corteses, que encajan muy bien con su fachada. Pero su fealdad es del tipo honrado y agradable, y le sienta mucho mejor que la belleza. Se educó, según creo, en Cambridge, y en un tiempo fue maestro en esta ciudad; pero desde hace dos o tres años repudia las formas comunes de ganarse la vida, y parece inclinado a llevar una especie de existencia indiana entre hombres civilizados: una existencia indiana, quiero decir, en lo que respecta a la ausencia de cualquier esfuerzo sistemático por buscar su sustento. Lleva un tiempo viviendo con la familia de Mr. Emerson, y como retribución trabaja en el jardín, y ejerce tantos otros oficios como su destreza le permite, animado por Mr. Emerson a sacar cuanto de auténtica virilidad haya en él. Mr. Thoreau es un agudo y delicado observador de la naturaleza, un observador genuino, que, sospecho, es casi tan raro personaje como personalísimo poeta; y la Naturaleza, en recompensa a tanto amor, parece haberlo adoptado como a un niño predilecto, y le muestra secretos que a muy pocos les es concedido ver. Se lleva bien con las bestias, los peces, las aves y los reptiles, y siempre tiene las más extrañas historias que contar de sus aventuras, episodios de su amistad con nuestros hermanos menores en la vida mortal. Hierbas y flores, allá donde crezcan, ya sea en un jardín o en el bosque salvaje, son igualmente sus amigos. También mantiene estrechas relaciones con las nubes, y puede presagiar las tormentas. Un rasgo que lo caracteriza es el profundo respeto que siente hacia la memoria de las tribus indias, cuya vida salvaje tanto le hubiera favorecido; y, por extraño que resulte decirlo, rara vez pasea por un sembrado sin encontrarse una punta de flecha, o de lanza, o cualquier otra reliquia de los pieles rojas, como si sus espíritus desearan que él fuera el heredero de tan simples riquezas.

Con todo, tiene mucho más que una mera inclinación literaria: lo suyo es un gusto profundo y auténtico por la poesía, especialmente por los poetas antiguos, aunque más limitado de lo que sería deseable, como sucede con todos los trascendentalistas, hasta donde yo los conozco. Es un buen escritor; al menos, ha escrito un buen artículo, una intrincada disquisición sobre historia natural, en el último Dial, que, según dice, elaboró a partir principalmente de observaciones propias escritas en sus diarios. En mi opinión, este artículo ofrece una imagen muy representativa de su personalidad y sus pensamientos: es auténtico, preciso y literal en lo que observa, y describe tanto la esencia como la presencia de aquello que ve, a la manera en que un lago refleja sus boscosas orillas, mostrando cada hoja y definiendo al mismo tiempo la salvaje belleza del paisaje completo; en el artículo también hay pasajes de neblinosa y soñadora metafísica, que por una parte son afectados, y, por otra, no dejan de ser exhalaciones naturales de su intelecto; y otros donde sus pensamientos parecen escanciarse y resonar como espontáneos versos, lo que en puridad son, dado que en este hombre hay verdadera poesía. Hay también, a lo largo del artículo, un sustrato de sentido común y de verdad moral, que es en sí un reflejo de su personalidad; pues el hombre no carece de sabiduría al pensar y sentir, por más imperfecto que sea en su manera de actuar. En general, me parece un tipo sano e íntegro, al que merece la pena conocer.

Portada de 'Diarios en la vieja rectoría', de Sophia y Nathaniel Hawthorne.
Portada de ‘Diarios en la vieja rectoría’, de Sophia y Nathaniel Hawthorne.

Tras la cena (en la cual abrimos la primera sandía y el primer melón que nuestro huerto ha brindado) Mr. Thoreau y yo fuimos a dar un paseo por la orilla del río; y, en un determinado momento, dio una voz para que le trajesen la barca. De inmediato, un joven la acercó a remo desde el río, y Mr. Thoreau y yo nos alejamos corriente adentro, la cual se volvió mucho más hermosa que cuadro alguno, con su tranquila y oscura sábana de agua, medio soleada, medio en sombras, entre altas y boscosas orillas. Las últimas lluvias han hecho aumentar de tal modo el caudal que muchos árboles están sumergidos hasta las rodillas, por así decir, en el río; y las ramas, que hasta hace poco se alzaban en el aire, ahora se inclinan y beben de las profundidades de la corriente que pasa. En cuanto a los pobres cardenales, que solo unos días atrás brillaban en la orilla, no pude ver sino unos pocos de sus bonetes escarlatas asomando sobre el agua. Mr. Thoreau manejaba el bote con tanta perfección, ya fuera con dos remos o con uno, que este parecía responder a su voluntad por puro instinto, como si no exigiera el menor esfuerzo físico conducirlo. Me dijo que, cuando hace años unos indios visitaron Concord, descubrió que había adquirido, sin la ayuda de un profesor, el método exacto que ellos conocían para impulsar y dirigir una canoa. Sea como sea, escaso de dinero como está, el pobre tipo ansía vender el bote (del cual es tan buen práctico) que él mismo construyó con sus propias manos; de modo que acepté darle el precio que pedía (solo siete dólares), y, en consecuencia, me convertí en poseedor del Musketaquid. Ojalá pudiera adquirir las dotes acuáticas de su propietario original por una tarifa tan razonable como esa.

‘Diarios en la vieja rectoría (1842-1843)’. Sophia y Nathaniel Hawthorne. Edición y traducción de Lorenzo Luengo. Siruela, 2022. 308 páginas. 21,95 euros.

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