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Por: Raymundo González (Historiador)

La independencia de 1821 se inscribe dentro de un largo proceso histórico de diferenciación nacional dominicana. En los hechos, como expresó el poeta Fabio Fiallo en 1923: los dominicanos se independizaron en1809 de los franceses. Vencidos los restos de las tropas napoleónicas, fue “torpe” —así escribió Hostos en 1888— Sánchez Ramírez al devolver el país dominicano al coloniaje español.

La Junta de Bondillo fue esgrimida para justificar ese hecho, pero este instrumento no tenía ningún carácter jurídico, como recuerda Cipriano de Utrera. Fue una estratagema de Sánchez Ramírez y del gobernador de Puerto Rico Toribio Montes para dejar fuera de la dirección a los capitanes opuestos al retorno a España. Entretanto, la realidad de la metrópoli se transformó. En la península y en el resto de su imperio americano, las cosas cambiaron a toda prisa, perfilándose movimientos más radicales por la independencia que se expresaron con diverso contenido social.

La invasión de Napoleón y el apresamiento del rey Fernando VII, sustituido por José Bonaparte. Su rechazo de inmediato dio inicio a la guerra contra la usurpación del trono y al establecimiento de la Junta Central de Sevilla.

En Santo Domingo tuvo especial importancia el hecho de que España no pudo prestar la ayuda económica requerida para estabilizar su recién reincorporada colonia. Pese al “Canto a los Vencedores de Palo Hincado” de Núñez de Cáceres, la metrópoli tampoco reconoció los méritos de los soldados que la hicieron posible.

Entre las características del movimiento de Núñez de Cáceres se encuentran su carácter urbano, casi restringido a la capital, por no decir que a los miembros de la Diputación Provincial y algunos más. En el trasfondo había un estado social de inquietud y agitación que se advierte en los conatos de rebelión sofocados por la fuerza y con saña durante el periodo llamado de la España Boba. El ensañamiento contra los negros y esclavos fue notorio, como se vio en las condenas de los apresados en la llamada “revolución de los italianos”, pues mientras a los blancos se les perdonaba la vida, a los negros se les ahorcaba y sus cuerpos descuartizados, fritos en alquitrán, eran colocados para escarmiento en los puntos más visibles en los caminos de la capital.

Aparte de los liberales que formaban parte de dicha Diputación Provincial: Antonio María Pineda, Juan Vicente Moscoso, Felipe Dávila Fernández de Castro y otros, fue clave la figura de Pablo Alí, comandante de la ciudad capital, quien hizo posible la toma de la Fortaleza sin disparar un tiro. Allí fue llevado el gobernador Pascual Real la noche del 30 de noviembre, para ser luego embarcado hacia Inglaterra en la primera ocasión que se presentó.

El Estado Independiente de Haití Español nació sin una clara sustentación política de la Gran Colombia, a la que apelaba, pues la embajada ante Bolívar se vio retrasada por varias razones, entre las que sobresale el hecho de éste hallarse en campaña en Ecuador. Tampoco contaba con sustentación económica, dada la pequeña y dispersa población (61,468 habitantes en 1824), así como el limitado comercio exterior, reducido a maderas preciosas, tabaco y cueros. Lo peor es que tampoco contaba con sustento social, ya que Núñez de Cáceres no solo no abolió la esclavitud, sino que había engañado, para ponerlo de su parte, a un respetable líder de los negros: el comandante Pablo Alí. Claro que Núñez de Cáceres mismo dio la libertad a los esclavos que tenía propios; y aún podemos dar crédito a su proyecto de crear un fondo para su progresiva manumisión. Esto no pudo compensar la desilusión de las personas esclavizadas; y mucho menos a los sectores beneficiados por la medida, que aspiraban a un vigoroso impulso económico, que no encontraron en el retorno a la condición colonial. Fue por ello que resultó tan efectiva la presencia de agentes del presidente de Haití, Boyer, quien se movilizó desde antes de la declaración de independencia, acercándose a comerciantes y otros líderes del Cibao, con vistas a un eventual derrumbe de la dominación española; apoyado, además, en el prestigio ganado por su predecesor Alexander Petión y las expectativas de reconstitución de la demanda de productos para exportación de toda la isla.

Resulta fácil dar por un fracaso la fundación del nuevo Estado, pues apenas duró 9 semanas. Una mejor perspectiva considera este paso como una tentativa inicial de aceptar la idea de independencia por los sectores dominantes de la sociedad, los cuales se mantuvieron vacilantes a lo largo del siglo XIX: En la Junta de Bondillo su voluntad flaqueó, al votar en favor de la restitución del pacto colonial con la vieja metrópoli. Otras ocasiones fueron: cuando condujeron al naufragio, al Estado fundado por Duarte y los trinitarios, los Bobadilla, Santana, Báez, Heureaux, etc. Por eso hay que aceptar que esa primera proclamación de 1821 forma parte de un proceso, siguiendo el criterio expuesto por Pedro Henríquez Ureña, quien lo consideró el punto inicial de un proceso que prolongó hasta el final de las luchas contra el intento de anexión a los Estados Unidos (1873).

Como indicara Bonó en el siglo XIX, los grupos populares no vacilaron en la defensa del Estado nacional dominicano. En contraste con las clases dominantes, las luchas populares consolidaron el hecho nacional, cuyo proyecto requirió para su cabal ejecución de la juventud radical republicana y liberal conformada por los trinitarios encabezados por Juan Pablo Duarte.


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