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La crueldad ascendente con la que Rusia está invadiendo Ucrania se traduce en la utilización de las armas convencionales más mortíferas. “Hemos visto el uso de bombas de racimo y tenemos informes sobre el uso de otro tipo de armas que violarían las leyes internacionales”, ha denunciado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, al acabar la reunión que ha mantenido este viernes con los ministros de Exteriores de los aliados. En el encuentro han estado presentes también los representantes de Suecia y Finlandia, países que no forman parte de la Alianza Atlántica pero estaban invitados al encuentro en Bruselas por la gravedad de la situación —Finlandia tiene más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia y Suecia está muy próxima—. Lo más duro, además, estaría por llegar, ha anunciado el mandatario noruego: “Los días que vienen serán peores, con más muertes y más destrucción”, un vaticinio que ya adelantó el presidente francés, Emmanuel Macron, este jueves después de hablar con Vladímir Putin, quien hace ocho días dio la orden de invadir a su vecino.

La denuncia del empleo de armas como las bombas racimo y otras prohibidas por las leyes internacionales, apunta Stoltenberg, sería uno de los elementos que quieren utilizar ante el Tribunal de La Haya. “Por supuesto, uno o dos aliados y socios están recogiendo información y controlando muy estrechamente lo que está sucediendo. También es bienvenida la decisión de la Corte Penal Internacional de abrir una investigación porque estamos seguros de que el presidente Putin y el presidente de Bielorrusia [Aleksandr Lukashenko] tienen que pagar por eso. Esto es brutal, esto es inhumano y es violar la ley internacional”, ha señalado.

Del encuentro de este viernes en Bruselas de los aliados, al que ha acudido también el secretario de Estado estadounidense, Anthony Blinken, ha salido una conclusión clara: la OTAN está dispuesta a apoyar a Ucrania, pero no a entrar directamente en el conflicto, ni siquiera para crear una zona de exclusión aérea como reclamaba el presidente del país invadido, Volodímir Zelenski. “Los aliados están de acuerdo en que no debe haber aviones de la OTAN en los cielos ucranios”, ha aclarado Stoltenberg.

Los socios, ha explicado el secretario general de la Alianza Atlántica, saben que dar este paso supondría su implicación directa en el conflicto bélico y, en consecuencia, un gran salto cuantitativo y cualitativo. “La única vía para implementar una zona de exclusión aérea es enviar aviones de combate al cielo ucranio e imponerlo derribando aviones rusos (…). Pero creemos que si hacemos eso acabaremos en una guerra total en Europa, implicando a muchos países y causando mucho más sufrimiento”, ha advertido.

En los últimos días, Ucrania había reclamado a los aliados que establecieran esa zona de exclusión aérea. Uno de los factores decisivos de esta guerra es el control del espacio aéreo por parte de Rusia. Eso le permite lanzar ataques para doblegar la resistencia de las principales ciudades ucranias, mucho más fuerte de lo que el Kremlin esperaba. “Putin infravaloró a las fuerzas armadas ucranias”, ha lanzado Stoltenberg.

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Uno de los elementos que, evidentemente, pesan en la decisión de no dar más pasos hacia la implicación de la OTAN en el conflicto es que Rusia es una potencia nuclear. Putin ha amenazado con recurrir al arma atómica y nadie obvia ese riesgo, ni siquiera aunque sea de forma indirecta, como ha podido comprobarse esta pasada noche en la central nuclear de Zaporiyia —la mayor de Europa—, que se ha incendiado en el ataque que ha permitido a los rusos hacerse con su control. “Lo sucedido en la planta nuclear esta noche subraya el peligro de esta guerra. La guerra es peligrosa y tener operaciones militares en la proximidad de una planta nuclear añade peligro”, ha enfatizado Stoltenberg.

Debilitar la economía, no cambiar el régimen

La reunión en la sede de la OTAN en Bruselas no es la única cita que han mantenido este viernes los ministros de Asuntos Exteriores occidentales en la capital comunitaria. Por la tarde se ha reunido el Consejo de Asuntos Exteriores de la UE, y a él ha acudido también el secretario de Estado Blinken, además de la responsable de Exteriores de Canadá, Mélanie Joly, y su homóloga británica, Liz Truss. La presencia de la titular del Foreign Office tiene el simbolismo de que es la primera vez desde que el Reino Unido salió de la UE que uno de los jefes de su diplomacia vuelve a una reunión de este órgano comunitario. Además, ha intervenido el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleba, “desde un búnker”, ha aclarado el jefe de la diplomacia española, José Manuel Albares.

Al acabar la cita de la tarde, tanto Albares como alto representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, han aclarado que ahora están más centrados en “implantar eficazmente” las sanciones ya aprobadas por Occidente a Rusia que en imponer nuevas. “Podemos ampliar algunas de las ya aprobadas, como ampliar la lista de bancos rusos afectados por la desconexión del Swift o profundizar en las medidas financieras”, ha apostillado Borrell, quien ha subrayado que la intención de este castigo no es “un cambio de régimen en Rusia”, sino debilitar su economía por la “guerra de Putin”, una expresión que ha utilizado en varias ocasiones, personalizando de forma similar a como lo ha hecho horas antes Stoltenberg.

El discurso del alto representante ha tenido una gran dosis de realismo cuando ha admitido que la UE no tiene “la capacidad de parar la guerra mañana”. “Tenemos la capacidad de debilitar la economía”, ha insistido, apuntando también que el objetivo tampoco es la población rusa, aunque es consciente de que también lo sufrirá. “Es la guerra de Putin y solo Putin puede ponerle fin”, ha añadido.

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