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La semana pasada mi columna se tituló “El nuevo fantasma, la reforma”. Intenté demostrar con ella, entre otras cosas, cómo hablar de reforma constitucional se ha convertido en un fantasma, quizás, porque nada otorga más calidad para debatir ciertos temas como el hecho de conocerlos tan bien o, quizás, porque muchos no creen que nada pueda cuajar si no es su idea primigenia.

El artículo mereció, como todos, aplausos y reproches, tal vez porque, como decía Ramón de Campoamor “ Y es que en el mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira/ todo es según el color/ del cristal con que se mira. Sin embargo, duele mucho cuando, tratando de ser lo más objetivo posible, se nos juzga parcial si a tu juzgador no convienen tus conjeturas.

Pero, comoquiera que se lo enfoque, terminamos acostumbrándonos a esta suerte de “extravío” hermenéutico que acusan a veces nuestros amigos, porque lo ideal para muchos será que digas lo que esperan o que, en su defecto, no digas nada. Y no puede uno encontrar esa fórmula mágica de complacer a todos sin antes haber alcanzado el rango de deidad.

Con todo, para esta semana siguen las discusiones sobre las pretensiones del Gobierno de hacer una reforma constitucional que, en declaraciones públicas, el propio Ministro de la Presidencia ha expresado no alcanza aspectos electorales. Sin embargo, lo triste no es si el Gobierno miente a través de dicho ministro o no, lo triste es que algunos decidan, ante la petición de aquél de consensuar la deseada reforma, autoexcluirse de la discusión pública.

¿Por qué digo lo anterior? Porque la democracia no se construye desde las islas ideológicas o partidarias, se construye demostrando que se tiene las competencias para debatir, que es el único medio que nos permite disuadir o persuadir. Por tanto, los que se oponen a la reforma en cuestión tienen el deber público de mostrar a los ciudadanos, en el marco de las discusiones, si ciertamente el Gobierno miente, si  tiene intereses más allá de los declarados. Obrando así tendrían también la oportunidad de mostrar al país si tienen o no razón para oponerse. Y nada de eso se logrará si el pueblo percibe que padecen pereza dialéctica.

No agrandemos más esa brecha entre el pueblo y su representación a la que ya me he referido en otros artículos. Autoexcluirse de la discusión pública no es buena opción.



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