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Una familia huye de la violencia en la cancha del Querétaro.
Una familia huye de la violencia en la cancha del Querétaro.Sebastián Laureano Miranda (.EFE)

La violencia no llegó al futbol ayer, como parecen suponer muchos de quienes recibieron con pasmo el choque de porristas del Querétaro y el Atlas del sábado pasado. Se entiende el escalofrío (las imágenes que circularon en los medios y las redes son un muestrario de horrores), pero extraña, por otro lado, la candidez del discurso de las autoridades deportivas y políticas, como si salvajadas como las que ocurrieron fueran culpa de un fenómeno nuevo e inexplicable. Pero no: el hooliganismo, el matonismo y los desbordes sangrientos de las “barras” tienen una dilatada historia tras de sí. Europa y América del Sur han pagado un precio enorme, en vidas y daños, por esta causa y ni siquiera el rigor policial y jurídico aplicado en países como Inglaterra o Italia ha conseguido extinguir totalmente la violencia en las tribunas, que cada tanto reaparece.

En los años recientes, nuestro país se ha acercado a esos extremos alarmantes. No siempre fue así. Los estadios mexicanos fueron, por décadas, una suerte de islote de paz. El futbol era un tema familiar y de amigos, y las rivalidades de la cancha llegaban a las gradas y palcos en forma de burlas, chiflidos, duelos de ingenio. Pero esa era comparativamente idílica terminó hace ya tiempo. Dueños y directivos decidieron que las viejas porras no bastaban e invirtieron y apoyaron la formación de grupos de apoyo radicales. Ya no queda casi un equipo de la primera división que no tenga del suyo. ¿Qué sentido deportivo hay, para un club de futbol, en la existencia de milicias de ultras, sino el de intimidar o directamente agredir a los rivales y su público? Las complicidades entre dirigentes y barristas han sido bien documentadas en otras geografías, lo mismo que se ha comprobado, en muchos casos, los lazos entre las barras y el crimen organizado. En México, sin embargo, hablar de eso parece ser un tabú.

Y los incidentes de las barras bravas, desde luego, se han multiplicado en los estadios de todo el país, con seguidores de todos los colores de por medio. Impulsados, además, por la irresponsabilidad de algunos presuntos comunicadores y comentaristas que, para darle “sabor” a sus espacios, se dedican a atizar odios y recurren a un lenguaje crispado y virulento que acaba por contaminar las redes, los foros de noticias y, claro, los estadios. Es muy fácil condenar a los “violentos”, como si toda la culpa fuera de los barristas, que son jovencitos generalmente pertenecientes a las clases populares, carne de cañón, victimarios y víctimas principales de estos episodios. Pero nunca se toca a quienes los reúnen y financian, o a quienes los dotan de discurso y de un imaginario de sangre y muerte. Que, claro, se lavarán las manos y dirán que ellos sólo “le dan color” a las rivalidades y nunca reconocerán que lo suyo es un discurso de odio en toda la línea.

Lo sucedido en Querétaro no debería servir solo como una excusa para recurrir a la “mano dura”, es decir, la represión de los barristas y la instauración de un clima carcelario en las tribunas. Tendría, ante todo, que servir como evidencia de la locura que ha significado convertir el futbol en una guerra. Porque en una sociedad devastada por la violencia diaria, como la nuestra, es ridículo pretender que el discurso de odio disfrazado como “polémica” y “sabor” no acabará del modo terrible que lo está haciendo. Los barristas son el brazo armado, sí, pero los golpes se planean, financian, articulan y movilizan (y luego se justifican) desde los despachos, los escritorios, los micrófonos y las redacciones. No basta con detener a los perpetradores materiales del desastre de Querétaro: es necesario erradicar el espíritu bélico entre los clubes y el “medio” futbolístico entero.

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