En la intelectualidad de nuestro país, muy dada a la crítica, como es debido, se ha tenido la convicción de que la cultura, en sentido general, y en particular la literatura, han fungido como cenicientas del Estado.

Esto así, a pesar de contar con un Ministerio de Cultura, desde hace más de veinte años, y de haber tenido frente a este a intelectuales y gestores culturales que, con mayor o menor acierto, con momentos de esplendor y otros de estupor, han tenido la oportunidad de cambiar esa percepción, entre sus colegas y en la población.

En la pasada semana tuvo lugar un evento de trascendental importancia. Por pedido del propio presidente de la República, Luis Abinader, el escritor Ángel Lockward, con la colaboración de los también escritores Rafael Peralta Romero, director de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, y Luis R. Santos, director de Cultura del Ministerio de Educación, entre otros, organizó una tertulia con decenas de escritores de distintas generaciones y de variopintas preferencias político-partidarias, que tuvo lugar en el Salón de las Cariátides del Palacio Nacional.

Con todo y que hemos tenido presidentes intelectuales y escritores, y que esta rama del saber y las artes hayan visitado por diferentes motivos a presidentes de la nación, no estoy seguro de que se haya celebrado alguna vez un evento similar siquiera en el interior del edificio central de Gobierno.

Algo más importante aun, el presidente Abinader tuvo hacia los escritores allí congregados un gesto fuera de lo común en un estadista dominicano. Hizo de la tertulia un tema de su agenda de Estado, primera señal de que para él la cultura no debe ser tratada como residuo, sino como un asunto de interés para el Gobierno y para la sociedad.

Tuvo un gesto diferenciador adicional que debo resaltar, una vez entre nosotros, y agotados los saludos protocolares y sus palabras de bienvenida, declaró que antes que hablar, quería escuchar a los escritores, con la finalidad de conocer sus prioridades y contribuir, desde el Estado, a hacer realidad sus expectativas, sugerencias y reclamos.

Si bien se plantearon muchos temas, el que concitó mayor atención fue el de la lectura y la publicación de libros en el marco de la educación formal en el país. El propio Lockward, en su calidad de organizador, subrayó la relevancia del libro digital y las bibliotecas virtuales como instrumentos aptos para una educación de calidad, aunque de bajo coste, por las bondades del medio digital en este sentido.

Duele profundo cada vez que leo estudios sobre el nivel de aprendizaje de nuestros estudiantes y se advierte que solo 4 de cada 10 son capaces de comprender lo que leen, en niveles iniciales de educación primaria. Más catastróficas aun son las cifras cuando se trata de asignaturas como matemáticas y ciencias naturales.

Y si midiéramos la capacidad de escribir lo que piensan, entonces podríamos llegar a cifras espantosas y desalentadoras, incluso, en niveles más altos. Solo una adecuada enseñanza de la lengua materna y el estímulo a la lecto-escritura podrían servir de pivotes para superar estos graves obstáculos en la formación de las nuevas generaciones.

El presidente Abinader confesó sus preferencias temáticas en la lectura y honró, como supremo deber humano, la memoria de su padre, en su calidad de maestro, escritor y orientador en la familia y en la sociedad.

Asimismo, se convirtió en mensajero nuestro para llevar inquietudes importantes al seno de los ministerios de Educación y de Cultura, como también impartió instrucciones directas al director de la Biblioteca Nacional.
Un acontecimiento simplemente esperanzador. La cultura podría ser, en el Estado, un asunto de prioridad nacional. No la cenicienta.




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