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Manuela Josefa Cabrera Taveras, Fefita la Grande, merece de sobra la pensión que el presidente Luis Abinader le ha otorgado.

Del papel de Fefita como artista habla el hecho de que haya forjado un nombre y mantenido una fanaticada en una rama del arte tan discriminada y menospreciada como el merengue típico.

Pasan las épocas, vienen y pasan modas y estilos y la Vieja Fefa se mantiene alborotando los escenarios y cosechando aplausos de su público.

Y si el merengue típico sobrevivió a la muerte de Tatico Henríquez y mantiene su popularidad, se lo debe a muchos músicos y seguidores del merengue típico, entre ellos Bartolo Alvarado y Fefita la Grande, que ocupan lugares muy destacados.

Ese aporte no tiene precio si se piensa en el merengue como atributo de la dominicanidad y canal de expresión de los sentimientos de nuestro pueblo.

Hay países en los cuales el Estado les crea condiciones materiales y el ambiente apropiado a quienes se dedican a la creación artística y literaria. Como aquí nadie ha pensado en cosa semejante, lo menos que uno debe hacer es aplaudir y saludar al presidente que otorgue una pensión tan merecida como la de Fefita.

Así se ha correspondido a una trayectoria artística y al ejemplo de carácter y de trabajo que ha dado esta mujer excepcional, al involucrarse en un campo tan difícil como el de la música típica ejercida comercialmente. La Vieja Fefa lo ha hecho por más de cincuenta años sin conocer el descanso.

Con todos sus años encima, a ella la atacó un cáncer y lo venció, se sobrepuso a las dolencias y ella misma cuenta que salía de las sesiones de quimioterapia a subirse a los escenarios a trabajar, a hacer lo que ella ha hecho toda su vida.

No me explico cómo puede criticarse la disposición del Gobierno en favor de alguien así.

Yo la saludo. Solo me permito decirle al presidente que mire de nuevo hacia los artistas que menos atención les han merecido a los gobernantes, los músicos típicos, algunos de los cuales como el maestro Arsenio Caba, el vate Chiche Bello y muchos más, que junto al maestro Bilo Nivar van llegando ya a los noventa años.

No es justo que después de divertirnos tanto con ellos la sociedad y el Estado les paguen con el abandono y el olvido.


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